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Carta a mi yo recién despierta.


    
                                                                                                        Miércoles 3 de febrero de algún año.
Querida vos:
                     anteayer cuando te levantaste no recuerdo hoy qué fue lo que pasó. Sólo me acuerdo de navegar en un bote desordenado y frío, enredada en piernas y patas. Creo que fue la sensación de zozobra la que hizo el disparo hormonal necesario para el despierte.
                      Cuando lograste estar más consciente era ya la una y la tarde se pasó volando, pero creo recordar que hiciste cosas esa mañana. Cosas como las de un lunes a la mañana en tu casa: tender la ropa, atender gatites y ordenar un poco. La otra existencia humanoide que durmió con vos había ordenado sus cosas para la mudanza en el comedor, al lado del sillón, en un equilibrio precario y peligroso. 
                       Mover la heladerita con los licores dentro fue un claro llamado de atención. Quizá el sonidito de los vidrios hizo lo que ninguna alarma de celular pudo antes.
                       Desde ese entonces (ese vago momento del lunes a la mañana) sos yo. Aquella otra que quedó detrás de aquel velo de sueño nocturo, vaya una a saber quién haya sido. Una impstora, quizás. Una dormida, una inconciente. Una otra vos/yo con sueños lejanos. Hoy somos otra, esta, la que hoy escribe. 
                       Solamente una advertencia: cuidado con el sueño. No el sueño del cansancio, mental y físico. Sino el sueño de la consciencia, de aquel del cual cuesta más despertar.
                        ¿Una sugerencia? Practica el manejo del tiempo. Recuerda que no es solamente el vaivén de un pulso, o el ciclo de las agujas del reloj. Recuerda que el tiempo es tu sangre en tus venas, tu respiración en tus pulmones, tu oído y tu piel erizándose por el contacto con el aire.
                        En este momento es momento de irme, de estar presente. El presente demanda presencia. Demanda acción y la acción demanda urgencia en estar presente.
                         Abrigate y cuidate del sol. 
             


P.D.: Inventé la fecha ficticia del 01/03/21 por cuestiones prácticas y para resolver la consiga pero me quedé pensando mucho en esto y, junto con la lectura del texto sobre la muerte, deduje que tengo un último recuerdo previo a una gran laguna de conciencia. No es que de antes de esa fecha no me acuerde sino que fue ese momento cuando creo recordar comenzar a configurar un yo. 

Fue por el año 1998, yo tenía en ese entonces 10 u 11 años, y fallecía mi bisabuela, para nuestra familia, la abuela Antonia. Tenía 99 años, era parte de mi vida y la primera persona que se iba de ella. Recuerdo estar en la puerta de la casa de mis abuelos, llegar sin llorar y ver a todo el mundo llorando y yo pensar en no entender por qué lloraban si fue tan lindo haberla conocido. Me acuerdo que saludé a mi tío, que era un mar de lágrimas, y yo preguntarle: ¿por qué lloran? Mas no recuerdo su respuesta pero sí su cara de consternación. 

Algo en mí con los años sintió algo de culpa de ser tan fría y desubicada, pero lo cierto es que fue la primera vez que me enfrentaba a la muerte de alguien cercano (o al menos que recuerde) y me pareció de lo más normal. Por ese año acabábamos de mudarnos y pasaron varias cosas seguidas, por lo que supongo que esos cambios en mi vida propiciaron una madurez emocional que no había alcanzado previamente.

Me recuerdo preguntándome muchas cosas (no ya preguntando al resto, ante la falta de respuestas apropiadas), usando mis lentes (por primera vez) y siendo nombrada “mejor compañera” (y cuestionándome eso). Me recuerdo haciéndome más amigas entre las maestras que entre mis compañeras. Me recuerdo descubriendo la biología, la historia y la literatura como campos que me interesaban mucho: ya mi vida no era sólo jugar. A esa edad escribí mis primeros cuentos y una historia de misterio, y organicé una campaña medioambiental para el barrio. 

A medida que dejaba de ser una niña para convertirme en una púber, notaba que no me gustaban muchas de las cosas que mis compañeras hacían o veían. Era más yo que lo que había dejado de ser antes. 








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